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ANIVERSARIO DE UN GRAN EXILIADO.

Se cumplen ahora los 26 años de la muerte de Bruno Alonso en el exilio de México, a donde llegó huyendo de la dictadura franquista y tras una breve y dramática estancia en un campo de concentración africano. Bruno Alonso murió el 19 de enero de 1977 a los 90 años sin haber regresado jamás a su tierra cántabra, a la que representó como diputado en Cortes durante las tres legislaturas de la II República (1931 a 1939). Fue también Comisario de la Flota Republicana durante la terrible guerra civil que desencadenó en 1936 el golpe de Estado militar encabezado por Franco. Nacido en Castillo de Siete Villas (Arnuero) en el seno de una familia muy humilde, el líder indiscutible de la izquierda regional en aquellos años tiene una calle con su nombre en la ciudad de Santander y da nombre también a la agrupación socialista de la capital. Una treintena de personalidades de la izquierda cántabra, pertenecientes a varios partidos y sindicatos, pero también del ámbito universitario y de la investigación, acaba de crear la Fundación Bruno Alonso, como homenaje al ilustre político republicano muerto en el exilio a mediados de enero de 1976. La nueva fundación se presenta este lunes día 14 de julio, a las ocho de la tarde, en el Centro Cultural Modesto Tapìa, en la calle Tantín (Santaner). Este texto, que publicamos en dos entregas (la de hoy, y una segunda que verá la luz mañana), ha sido escrito por uno de los nietos del famoso político republicano, que nos ha facilitado también las fotografías que ilustran este trabajo.

BRUNO ALONSO, MI ABUELO / 1

Por: Carlos González Alonso.
Son realmente escasas las ocasiones en que todos los Grupos Parlamentarios del
Congreso de los Diputados, se ponen de acuerdo para llevar adelante una iniciativa en
la Cámara, la reciente aprobación de resolución, histórica en el Parlamento, con el
reconocimiento moral a las víctimas de la Guerra Civil y de la represión con la
dictadura franquista, reclamando ayudas económicas para los exiliados, así
como la recuperación de la nacionalidad española para los “niños de la guerra” y sus
descendientes directos, lo cual, además, es lógico y justo, llamando así a la concordia
a todos los españoles, donde estén.

Bajo este contexto, uno de esos millones de españoles que sufrieron las grandes injusticias de aquella guerra fue mi abuelo, Bruno Alonso, oriundo de lo que ellos llamaban la “montaña”, hoy Cantabria, donde naciera en una humilde casa del pueblo Castillo de Siete Villas, municipio de Arnuero, lo que cobra relevancia ante todo lo anterior, al estarse cumpliendo 26 años de su fallecimiento en el exilio mexicano, donde fue tan bien acogido, como tantos otros exiliados republicanos, acabando sus últimos días de la misma manera en que estuvo siempre, rodeado de sus familiares: hijos, hijos políticos, nietos y biznietos, y pocas veces una muerte ha sido tan extrañada y una presencia tan añorada, aunque igualmente siempre ha estado presente. Pero: ¿Qué otra cosa podría decir yo, que soy su nieto y que lo disfruté cotidianamente durante mi infancia y juventud?

Aprendiz de herrero

La verdad es que sí puedo decir muchas cosas acerca de él y de su lucha ejemplar contra las injusticias, de su vida probada y bien ganada fama como un ser humano real, así como de sus historias y anécdotas – terribles y sentidas -, que solía contarnos, en las que él había sido casi siempre el protagonista y que no sólo nos relataba a los nietos, sino también a las diversas personalidades que solían acercarse a él, en busca de información y material para sus libros y estudios, siempre, por supuesto, relativos a la lucha socialista y a la guerra republicana. Asimismo, recuerdo muy bien la emoción que Bruno reflejaba en su timbre y tono de voz, al platicar de cuando niño, que se rebeló a pedradas contra el patrón de la herrería en donde trabajaba como aprendiz, de sol a sol, por algo así como una peseta diaria; o de cuando, bajo la metralla de la aviación enemiga, en el “Libertad”, crucero insignia de la Flota Republicana, descendió al puente, al lado de los marinos y les gritó: “ ¡ De pie, a esta canalla se la recibe de pie ¡”. Así transcurrió una buena parte de nuestra infancia, cobijados por la generosa presencia del abuelo Bruno Alonso, que, a semejanza de un viejo roble, nos daba sombra, valor y orgullo a sus descendientes.
Sin embargo, la vida continúa en su terrible e inevitable transcurso y todo lo que nace debe morir, sin importar lo fuerte y eterno que pueda parecernos y después de haber vivido la muerte de sus padres, de un hijo fusilado durante la guerra y de una hija enferma en el exilio, de haber sufrido cárcel y vejaciones, privaciones y miserias, aunado al no menos duro trance de abandonar su patria española, a Bruno Alonso le tocó también fallecer y lo hizo a los noventa años, en absoluta calma fue dejando de respirar, rodeado de todos nosotros y desde entonces, nos ha acompañado siempre.

Tres veces diputado

Es por ello que en esta ocasión, he querido rendir estas breves líneas a ese insigne y gran luchador socialista, tres veces Diputado a las Cortes, en donde dejó igualmente honda huella y algunas bofetadas; Comisario Político de Santander y luego de la Flota Republicana; pero también herrero, tornero, mecánico y hasta lavaplatos, hombre de familia cariñoso, fiel y prudente, hijo, padre y abuelo ejemplar, que fue Bruno Alonso, mi inolvidable abuelo.

Los comienzos en la vida del abuelo, sobre todo durante su infancia y juventud, fueron indudablemente duros, lo mismo quizás que los de muchos otros cientos de miles de niños de clase humilde, a quienes desde tan temprana edad, en lugar de poner a jugar, e ir a la escuela, los llevaban a los talleres para que aprendieran un oficio, permitiendo a sus patrones toda clase de castigos, incluso los corporales, para tales fines. Pero no sólo fue puesto a prueba entonces, también años después, su primer trabajo en México, después de haber sido en España Diputado a las Cortes, reelecto en tres ocasiones y Comisario general de la Flota Republicana, fue como lavaplatos en el restaurante de otro español, y cuando el dueño se percató de quién era su más humilde empleado, quiso mejorar su situación laboral y salarial, pero el abuelo se negó, aduciendo que su lucha y el papel que le había tocado jugar en ella, no lo condicionaban a recibir privilegios que él no se hubiera ganado con su propio esfuerzo. O cuando estando preso en Potes, España, por su lucha política, varios compañeros fueron a sacarlo a la fuerza, reduciendo a sus captores y él se negó a salir de ella, si no lo hacía con la orden de un juez.

Lavando Platos

Tal era la dimensión que alcanzaba Bruno Alonso y fue así como, lavando platos o haciendo lo que fuera, de manera honrada, tuvo que mantener a su familia por un tiempo, hasta que fue logrando cada vez mejores trabajos y sueldos, hasta que siendo ya bastante mayor de edad, se retiró, cobrando una ínfima pensión. A partir de entonces, como sucede con otros muchos miles de humildes jubilados en nuestro país, México, que después de haber trabajado toda una vida y pagado sus impuestos, al retirarse reciben a cambio una cantidad de verdad miserable para sobrevivir. Pero afortunadamente nuestro abuelo ya estaba bajo el cuidado de sus hijos e hijos políticos. Sin embargo, lo más importante de todo y lo que quiero resaltar es que, a pesar de todas esas privaciones e infortunios, nunca Bruno Alonso dejó de ser el hombre más recto y leal a sus principios que yo haya conocido, así como un socialista genuino, pleno de energía, de capacidad y de entrega a su lucha, de integridad y sacrificio, además de cumplir a fondo con su compromiso histórico y a quien le tocó ocupar un lugar importante dentro de la historia contemporánea de España.

Su paso por las cortes españolas, con boina y sin corbata, llenó de asombro y de estupor, no exento de molestia, a los demás diputados de derechas y monárquicos, la mayoría con bombín y polainas encharoladas, al grado de tener que ganarse su respeto a fuerza de bofetadas, literalmente hablando, como la que dio a un odioso y atildado “señorito” marqués, quienes no podían explicarse como él, un humilde obrero metalurgista socialista republicano, había llegado a ocupar un escaño tan importante y ser reelecto en dos ocasiones más. Pero la verdad es que poseía méritos más que suficientes; uno de ellos era el de haber sido uno de los alumnos predilectos de Pablo Iglesias, ilustre fundador del socialismo español.

La Flota Republicana

Otro mérito indudable, era que él, desde muy pequeño, se convirtió en un apasionado e infatigable luchador contra la opresión y desigualdad social de los poderosos sobre los humildes; la vieja y eterna batalla entre la opulencia y la miseria, entre el hambre y la abundancia en la mesa. Y recuerdo bien aquella anécdota que él también relata en sus memorias, vertidas en sus dos libros publicados: “El Proletariado Militante” y “La Flota Republicana y la Guerra Civil Española”, así como en sus cartas y numerosas entrevistas consignadas en diversos libros testimoniales y que aún, cuando ya tenía cerca de 90 años y nos las platicaba, le hacía temblar la barbilla de emoción y reírse socarronamente, sobre todo cuando era aprendiz de herrero en una época ubicada a finales del siglo antepasado (1890), cuando el ser aprendiz era sinónimo de ser esclavo y se les podía explotar de sol a sol, con un mísero sueldo y además se tenía el derecho a propinarles tremendas palizas por cualquier motivo, hasta que llegó el día en que después de haber sido injustamente golpeado por su patrón, se hartó, salió de la herrería y desde la calle se puso a aventar piedras al dueño, ya en temprana y franca rebeldía. A su manera, ya había empezado su lucha y era apenas un niño.
(Continuará...)
( Carlos González Alonso radica actualmente en Cancún, (Quintana Roo, México) y es profesor universitario en La Salle y autor de varios libros.)




BRUNO ALONSO, MI ABUELO / y 2

Por Carlos González Alonso

Durante el desarrollo histórico de cualquier país y del mundo en general, han habido épocas y las siguen habiendo, en las cuales no existen en realidad diferencias entre el ser niño, joven u hombre, simplemente porque la vida es tan dura de llevar que desde que se es pequeño, ya se es hombre y se adquieren todas las responsabilidades de los adultos. Sin embargo y a pesar de ello, se dan caracteres y temperamentos capaces de sufrirlos y arrostrarlos, pero decidir firmemente que siempre va a luchar en contra de esas situaciones. Uno de esos caracteres formidables fue el de Bruno Alonso.

Desde muy joven había querido y solicitado ingresar a las juventudes socialistas, pero tuvo que esperar un tiempo para lograrlo por no contar con la edad mínima requerida y a pesar de ello, Bruno Alonso siempre estaba presente en todas las huelgas y asambleas que sucedían en Santander y ya conocía la dureza e injusticia de la cárcel.

Junto a Pablo Iglesias

Es posible mencionar que su entrega y amor a la causa socialista se había visto fortalecida durante una visita de Pablo Iglesias a Santander, en la cual Bruno fue su acompañante. Poco a poco, su figura y trascendencia políticas lo hicieron ser líder de los sindicatos y gremios de su patria chica y al triunfo de la República, fue elegido Diputado a las Cortes de España y su dedicación a resolver los problemas que se le encomendaban, le hizo también ser reelecto en los pocos periodos que tuvo en su corta vida la República Española, al grado de que, hasta los mismos religiosos-diputados que tenían su escaño allí mismo, acudían a saludarlo y los obreros y campesinos que no compartían la ideología socialista, votaban por él. Llevó agua, escuelas y caminos a pueblos apartados e ignorados hasta entonces, como el de Ruiloba, en donde muchos años después, un obispo dijera: “Si Bruno Alonso regresara a España, muchos de nosotros iríamos gustosos a recibirlo”.
Sin embargo, la República pronto se vio amenazada por intrigas y traiciones, que finalmente cunden en algunos lugares de España y altos militares, en quienes se había depositado la confianza y el mando de tropas y armas. Bruno Alonso es nombrado Comisario Político en Santander y allí vive varias batallas, en medio del fragor de las balas y siempre alentando a los milicianos que eran batidos sin piedad en todos los frentes. Algún tiempo después, es llamado por los altos mandos del gobierno republicano, para hacerse cargo del puesto de Comisario General de la Flota, mismo que no acepta en un principio, pero su deber lo lleva finalmente a aceptarlo, a pesar de nunca haber estado en un buque o barco de guerra.

En un campo de concentración

En la flota, es protagonista y testigos de grandes actos, tanto de traición, como de heroísmo y libra por muy poco a la muerte en más de una cruenta batalla, pero la falta de recursos y sobre todo de combustible, ya casi al final de la guerra, le hace refugiarse en una base francesa ubicada en Africa (Orán), donde lejos de ser tratado con respeto y deferencia, el y su tripulación son llevados a un campo de concentración, con todo tipo de privaciones imaginables. Después de un tiempo es liberado y ya reunido allí mismo con su familia, pasa por tales penurias que se ve obligado a fabricar jabón (un artículo muy cotizado y escaso) y venderlo de puerta en puerta, hasta que el Embajador de México en Vichy (Francia), le hace saber que cuenta con el permiso del gobierno mexicano para emigrar allí.

Su llegada a México

Bruno Alonso llega a México en la década anterior a la mitad del siglo anterior, acompañado de su fiel y abnegada esposa, Marina, su hijo Pablo y sus hijas Rosa, Manolita, Mari y Dolores. Llega sin recursos económicos y tiene que empezar otra dura lucha, sobre todo cuando Mari enferma gravemente y permanecerá postrada hasta su muerte en el Sanatorio Español, adonde todos los días iría su padre a verla. Para colmo de males, su querida esposa fallece también a los pocos años de haber llegado.
Obligado por las circunstancias y por su sentido de compromiso, no pide ayuda económica a nadie y comienza a trabajar lavando platos en un restaurante de otro español, que cuando lo reconoce, le ofrece mejorarle sueldo y posición, pero Bruno Alonso se niega, aduciendo que no quería dádivas de nadie, tan sólo la oportunidad de que gracias a su propio esfuerzo, ir mejorando económicamente y pasa así por los oficios de mecánico, tornero, cerrajero, etc., hasta que ya viejo, es jubilado por el gobierno mexicano y recibe una exigua pensión que él administra rayanamente, a fin de que le alcance para sus visitas al sanatorio primero y después al cementerio, donde reposaban los restos de su adorada esposa y luego los de su hija enferma y para el “cafecito” que solía tomar en algún café del centro, con sus amigos, compañeros, compatriotas y camaradas, como Olazarán, Prieto, Vitorero, González Bastante, Amalio Ortiz, León Felipe y otros más, que escapan a mi memoria.

En el Centro Montañes

Como sus hijos tuvieron que hacer su propia vida, yéndose Pablo a Tampico, Rosa a Chiapas y Manolita primero a Ciudad Victoria y luego a Puebla, él se queda a vivir con su hija más chica, Dolores y su marido, José González Galván (mi padre), rodeado de sus tres nietos, mi hermano José Manuel, yo y Mariloli, a la que él más quería. Al paso del tiempo, cambiamos de domicilio y el abuelo tuvo que ir haciendo más espaciadas su salidas; ya no podía ir al panteón español con la misma frecuencia de antes, ni a los cafés del centro. De vez en cuando, los hijos lo llevaban con ellos a los lugares en donde vivían y cuando estaba en casa, todos los días iba a tomarse un café al “Sanborns”, para lo cual caminaba más de quince cuadras de ida y otras tantas de regreso, a menos que nosotros lo lleváramos y lo trajéramos.
Quedaron atrás los días de ir al Centro Montañés Sotileza, que fue decayendo hasta desaparecer, al Centro Repúblicano Español y a la Embajada Republicana Española.
De esta manera, Bruno Alonso se fue convirtiendo en un anciano cada vez más débil, al que de vez en cuando iban a visitar sus antiguos amigos y compañeros y se sentaban con él en el jardín a conversar de pasadas glorias. De esa forma también fue llegando a su fin inevitable, que ocurrió a los noventa años de edad, falleciendo tranquilamente en una habitación del Sanatorio Español, rodeado de toda su familia.

A partir de entonces, la memoria y el recuerdo de mi abuelo, Bruno Alonso, ha estado presente en todos nosotros y en un pueblo español que hoy le reconoce y valora en toda su dimensión.

*( Carlos González Alonso radica actualmente en Cancún, (Quintana Roo,México) y es profesor universitario en La Salle y autor de varios libros.)